La visita a Fuerteventura de Doña Delfina Molina Vedia de Bastiniani y sus impresiones sobre Unamuno, Soriano y la Isla

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Si bien pasó a la historia erróneamente como una enamorada del escritor vasco, la realidad recogida en sus memorias habla su amor por la obra del bilbaíno, motivo que la llevó a recalar brevemente en la Isla

El año de 1924 no pasa desapercibido en la historia insular, coincidiendo con el destierro en Fuerteventura al que se les castigó a Unamuno y Soriano, precisamente hace ahora un siglo. Casi al final de la estancia de ambas personalidades entre los majoreros arribaría a nuestra isla una argentina, acompañada de su hija, de la que se ha dicho de casi todo, alcanzando a tacharla de enamorada de Unamuno, desequilibrada…. en fin, como casi siempre, sin mucho atino en lo que se habla y sin haber indagado al respecto de la cuestión, resultando la realidad y la persona mucho más interesante de lo que se pensaba de antemano.

Frente a la enraizada idea de la argentina enamorada que buscaba algo más que una amistad con el exrector de Salamanca, y que parecía salida de la nada, ha ido apareciendo información que nos señala a Delfina como una de las grandes mujeres pioneras en múltiples facetas en Argentina, una auténtica intelectual, si bien esos méritos únicamente se le están reconociendo desde hace apenas una década, siendo varios artículos y algún libro los que han empezado a colocar a esta mujer en su lugar.

Delfina Manuela Molina y Vedia de Bastiniani (1879-1961) nació en Buenos Aires y alcanzó a ser una reconocida química, escritora, profesora, pintora y cantante argentina, si bien además se interesó por la filosofía y las bellas artes. Fue la primera mujer en obtener el título de doctora en Química por la Facultad de Ciencias Exactas de la Universidad de Buenos Aires, titulándose además en 1917 como profesora de Enseñanza Secundaria en Ciencias y Letras. Escribió en numerosos periódicos, publicó obras de tipo académico, dos poemarios y sus memorias. Generó una importante producción en el campo de las Artes Plásticas, la literatura y el canto lírico. Perteneció al Ateneo Hispanoamericano, la Sociedad Argentina de Escritores, la Federación Argentina de Mujeres Universitarias, a la Asociación Wagneriana…. fundando en 1935 la Sociedad Argentina de Estudios Lingüísticos.

Con todo ello queda demostrado que el único interés que esta culta mujer pudiera tener en Unamuno era acerca de su obra y de las «penurias» que podía estar pasando aquella brillante mente en la entonces pobre y aislada isla de Fuerteventura en la que cumplía con su extrañamiento.

Tirando del hilo se ha podido comprobar que Delfina preparó y publicó sus memorias bajo el título de A RETROTIEMPO, publicadas en 1942, y que parece arrojar algo de nueva luz acerca de su visita a Fuerteventura en los primeros días de julio de 1924 y de su relación con Unamuno, tanto en la isla majorera como en París, capital gala en la que volvieron a coincidir a posteriori. Con esta publicación, que ha permanecido práctica-

Imagen de Dª Delfina Molina. mente olvidada en algunas bibliotecas bonaerenses durante décadas, se pasa a desvirtuar la imagen creada de una mujer que, supuestamente alterada por su amor a Unamuno, se atrevió a cruzar «el charco» para mostrarle su devoción al escritor bilbaíno. Sin embargo, leyendo sus memorias, lo que hallamos es que doña Delfina en realidad estaba enamorada de la obra de don Miguel y que su breve estancia en la Isla atiende más a actuar de buena samaritana, intentando ayudar a Unamuno y Soriano en la medida de sus posibilidades, que a rendirse a sus pies; su versión dista mucho de la que ha quedado como tópico para la posteridad.

La llegada de la argentina y de su hija Laura a Puerto de Cabras fue vista como una auténtica incomodidad por parte de Unamuno, que en esos momentos finales se encontraba en plena preparación de su «fuga» de Fuerteventura. Al respecto, la intelectual de Buenos Aires nos describe su periplo desde Argentina a Fuerteventura y los pocos días que estuvo por estas tierras concretando algunos aspectos reseñables:

Tras narrar las circunstancias de su viaje a bordo de un carguero, en el que apenas viajaban una veintena de pasajeros, entre los que se encontraba un viejo aventurero serbio que, seguramente, fue contrabandista durante muchos años y le serviría de modelo para retratarlo en la cubierta de la embarcación. También destacó la amabilidad de la tripulación y marinería del vapor «Atlanta», de la línea Cosulich, en el que realizó el trayecto hasta Las Palmas de Gran Canaria. Después de una travesía lentísima, «a paso de tortuga», llegaron a la isla canaria. Se entretuvo en describir la capital de Gran Canaria, como haría un año más tarde, cuando viajó toda la familia a Santa Cruz de Tenerife. Destacó especialmente la nitidez de su aire y el encanto que se muestra al viajero a su llegada, solamente comparable a las «divinas costas de Grecia». Llega a concretar que «El ocre de las casas, junto al blanqueado de brillante cal, tan luminosa como si fuese fosforescente, destacábanse en una franja de vida esplendorosa, entre el azul y verde de cielo y mar».

Tras conocer al profesor canario don Agustín Millares Torres, que estuvo algún tiempo al frente de la dirección del Instituto de Filología de Las Palmas de Gran Canaria, les entregó una carta para su familia y alcanzó a recomendarles un alojamiento en Santa Brígida (Monte Lentiscal), un hotel construido para atender a la creciente demanda de los viajeros extranjeros, sobre todo ingleses, a los que el clima de las Canarias les encantaba. En el Hotel Santa Brígida todo eran lujos y cuidado de detalles al máximo, considerando su estancia un «gratísimo placer». Después de algunos días en dicho hotel se embarcaron hacia Fuerteventura en uno de los vaporcitos -«Sister», solo algo más grande que una lancha de pescadores, que eran los que conectaban las islas por aquellas fechas, transportando especialmente carga. Siguiendo las recomendaciones de algunos, decidieron apearse no en Puerto de Cabras, sino en el puerto anterior -con toda probabilidad Gran Tarajal, pues de ese modo se ahorraban algunas horas de trayecto por el mar.

Le sorprendió los muchos medios de transporte existentes en Fuerteventura, especialmente considerando la escasa población de la Isla, misma impresión que se había llevado de Gran Canaria. Al llegar a Puerto de Cabras nadie las esperaba, no en vano de alcanzar la capital antes de que lo hiciera el vapor. Dos cosas le llamaron la atención de Puerto de Cabras: el no ver ninguna cabra y la presencia de un hombre que las acechaba en todo momento. Más tarde se enteró de que aquel observador no era más que uno de los guardianes que el gobierno de Primo de Rivera había desplazado a Fuerteventura a bien de asegurar que ninguno de los desterrados se fugase. Resulta curioso como aquel hombre no les molestó ni lo más mínimo, alcanzando incluso a regalarles un laúd de cartón celeste, detalle con el que la viajera se mostró muy agradecida, descubriendo al tiempo que en realidad se trataba de una burla, como que riendo decirles «que se fuesen con la música a otra parte».

Con la llegada de Delfina y su hija Laura, Unamuno decidió mudarse a casa de D. Ramón Castañeyra, pasando a dejarles su propio dormitorio para que madre e hija se hospedasen en la pensión que los acogía. Ambas almorzaban y cenaban con Soriano y Unamuno todos los días, alumbrándose por las noches con gas acetileno. Contaba la argentina que el ex rector se encontraba muy cómodo en la Isla, pues el clima maravilloso de Fuerteventura y su propia pobreza se avenía a sus gustos y costumbres austeras, mientras que Soriano se quejaba de la falta de confort. Al igual que los desterrados, las visitantes terminaron por adoptar las zapatillas de suela de soga que se adaptaban a la perfección al suelo de Fuerteventura, formado por durísimas piedras puntiagudas. Entre otras cosas, les llamó poderosamente la atención la existencia de una fábrica de paraguas, evidentemente destinados a la exportación, habida cuenta de las rarísimas lluvias que solían caer en la Isla. No paraba de admirarse del paisaje insular, señalando que en Fuerteventura vio los paisajes más hermosos que a lo largo de toda su vida contempló, destacando sus colores. Reseñaba lo inspirador que resultarían para cualquier pintor sensible los colores del suelo y la amplitud de sus horizontes.

Delfina informa en sus memorias que precisamente en las fechas en las que ella estuvo por la Isla -del 2 al 6 de julio- una goleta francesa intentaba rescatar a los dos desterrados, a la par que un hijo de Unamuno arribaba a Las Palmas de Gran Canaria, llegando a telegrafiarle que no fuese a Fuerteventura para no entorpecer la fuga. En este aspecto es de indicar que mientras que Soriano estaba muy animado por fugarse, Unamuno preveía dificultades, alcanzando a afirmar que don Miguel llegó a derramar lágrimas, tanto ante la incertidumbre como por hallarse muy a gusto rodeado del cariño de los isleños. Incluso llegó a confesarle que, aunque hubiese preferido estar solo, para él aquello no era un castigo. Durante su estancia se percató de las enormes diferencias existentes entre Unamuno y Soriano. De este último destacaba que no le perdonaba al profesor que caminase siempre muy ligero, «sin atender a que el otro pudiese o no seguirlo recordando sus incursiones a la costa en busca del velero, que vez a vez los defraudaba».

Por fin, en el camino de regreso a Gran Canaria la casualidad hizo que pudieran hacer algo por ambos desterrados: avisarles de la inminente llegada del velero, con el que se cruzaron antes de tocar en Gran Tarajal. Más tarde supo, por Soriano, que el aviso les resultó muy útil. Cabe indicar que en sus memorias aparecen varias fotografías que ilustran su paso por Fuerteventura, si bien la naturaleza del escaneado original no hace que la calidad de las mismas sea la idónea.

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